¡Nos hemos mudado! www.bangkokbizarro.com

Abrí este blog en 2011, hace dos años ahora, cuando llevaba unos seis meses viviendo en Bangkok. Todo este tiempo después, muchas experiencias han ocurrido en mi vida en Asia.

Sigo enamorado de Bangkok y viviendo gran parte del año allí. Y aunque a veces he de viajar a Barcelona, mi vida sigue en la capital de Tailandia.

Por eso, he reabierto el blog con mucha más fuerza. Con nuevas historias, relatos y todo sobre nuestro Bangkok bizarro.

 

Os espero en www.bangkokbizarro.com

No me hagas pensar y bésame, tonto

"Anda, tonto, no me hagas pensar que me canso. Mejor llévame a bailar"

Nunca dudé que un hombre de verdad no es la cantidad de chorradas que escribe en un papel cuando va a buscar trabajo. No es el estúpido coche que conduce o el sobrevalorado barrio donde le puede tocar vivir. A un hombre de verdad siempre lo he estimado por la cantidad de excusas que ha tenido que escuchar cuando intentaba colarse entre las faldas de alguna mujer. Para mí, lo que de verdad hace a un hombre crecer como hombre es que sea capaz de soportar tontería tras tontería en boca de sus conquistas y no tirar la toalla. Escuchar una y mil excusas hasta hacerse con alguna manera para saber cuando una tipa se la está dando con queso o no.

De todas las estúpidas justificaciones que ha tenido que soportar mi pellejo, hasta ahora la palma se la llevaba una tipa en el otoño de mis quince años. Una tarde se presentó en mi clase y sin siquiera pestañear me susurró que la había decepcionado. Que yo ‘no tiraba’ como amante, en el argot barriobajero del extrarradio donde vivíamos. Yo que intentaba dármelas de buen chico y no bajar la mano más allá de su cintura entre besitos adolescentes en su portal y ella esperando que me portase como el chico malo que creía que fuese yo.

Yo pensaba que mi historia con lo de ‘no tirar’ iba a ser la número uno en mi ranking en excusas baratas. Medalla de oro a la excusa más turbia que me han dado para negarme la boca. Dime que no te gusto o que te has colgado del cabeza hueca del Vespino amarillo, pero no me digas que me mandas al carajo porque no te meto mano. No imaginaba que tendría que estar en Bangkok para llevarme un tortazo peor.

A Rattika la había conocido una noche cualquiera. Habíamos tenido nuestros más y nuestros menos como ocurre en una relación cualquiera. Sobre todo tuvimos nuestros muchos menos. Cosas que suceden cuando quieres descubrir qué piensa de ti tu nueva amiga y ella, con un limitado inglés, te contesta que mejor “go see movie” y a vivir que son dos días.

"No me cuentes películas y llévame a ver una película de verdad en el cine, que además allí puedo dormir si quiero". Créditos de la foto: Vueltaa en Flickr.

Lo que más nos gustaba a Rattika y a mí era discutir. No estábamos a gusto si no nos tirábamos los trastos a la cabeza. Daba igual el motivo. La cuestión era gritarse y estar enfadados. Y en la enésima noche en que volvíamos a reconciliarnos me reveló el problema que tenía conmigo, parrillada de carne mediante.

-Supongo que nuestro problema es que yo no puedo hablarte en tailandés y que a veces no entiendes mi inglés -probé a justificarme.
-No es eso. Siempre podemos hablar en inglés -contestó demostrándome que ni me había entendido, algo muy común entre nosotros.
-Si me refiero a que yo soy español y somos muy diferentes.
Tú a mí me gustas mucho, Sol.
-¿Ah sí? -no dudaba que allanaba el camino antes de soltarme lo que realmente pensaba.
El problema es que me haces pensar.
-¿Cómo?
-Que me haces pensar -repitió ante mi perplejidad-. Cuando estoy contigo tengo que pensar. Me hablas de cosas que me hacen pensar. Y pensar no me gusta, ¿entiendes? No me gusta pensar.

Estaba preparado para cualquier cosa. Rattika podría haberme dicho que era un capullo integral y ni me hubiera inmutado. Aunque hubiese intentado humillarme criticando mi camiseta o el mechón que me caía sobre la frente me hubiese resbalado. Incluso si llega a decirme que besaba peor que el pulpo Paul con pecera y todo habría digerido el trago con honor. ¿Pero que la forzaba a pensar? ¿Que no le gustaba pensar? Aquello no entraba en mis planes.

No sólo me dices que no te gusta pensar, sino que si además te dejas algo en el plato el restaurante nos obliga a pagar una multa por no comérnoslo todo... ¿para cuándo algo así en los bufetes españoles?

No me puedes decir que es malo que te haga pensar -traté de defenderme.
-Sí que es malo -desconocía que mi cultura estaba chocando frontalmente contra la suya-. No quiero pensar.
-A ver, Rattika, no me jodas. Trabajas dirigiendo las cuentas de una cadena de restaurantes importante en este país, no me digas que no piensas.
-Eso es el trabajo -se escudó-. ¿O acaso a ti te gusta trabajar?
-A mí me encanta mi trabajo. Y en mi trabajo sólo uso el coco.
-¿Ves? Es que me haces pensar -contraatacó mientras cogía los cubiertos y miraba a su plato, intentando concentrarse en aquel trozo de carne-. Cuando salgo del trabajo no quiero pensar.
-Vale, me rindo -me dispuse a convencerla de que no era tan malo-. Pero tienes proyectos, ideas. Usas el coco para eso, y tienes que pensar en todo ello. No sé, Rattika, hoy es sábado, has tenido el día libre, ¿qué has hecho antes de quedar conmigo?
-He estado en mi habitación. Durmiendo.
-¡Pero si has tenido tu único día libre! ¿No lo has aprovechado?
-¡Claro que lo he aprovechado! He estado durmiendo. Cuando no trabajo voy a mi habitación, duermo y descanso. Tengo que descansar porque la semana es muy dura y tengo mucho trabajo.
-Debe de haber algo más que te interese… -contesté aturdido.
-Me gusta salir de fiesta -recordé que precisamente nos conocimos entre copas-. La pasada semana tuve tres días de vacaciones y fueron muy divertidos. Me emborraché los tres días y fui a RCA y a Scratch Dog todas las noches.

Vale. Me había quedado claro. No le gustaba pensar. En aquel momento pensé que Rattika estaba loca como una regadera. Y si bien seguramente lo estaba, el que no entendía lo que pasaba era yo. No es que Rattika fuese diferente porque no le gustase pensar. Sino que parece ser que es una de las particularidades de más de uno por aquí. Pensar es aburrido. Simplemente déjate llevar.

Es el ‘carpe diem’ llevado al extremo. El delirio del personaje de Robin Williams en ‘El club de los poetas muertos’ al más puro límite. No te preocupes de lo que a tu alrededor suceda, sólo disfruta y déjate llevar. Qué más dará si el mundo se va a la mierda. Tú ves al cine, que hoy dan Transformers, Crepúsculo y Harry Potter. Precisamente las tres sagas favoritas de Rattika.

Transformers, una de las películas más taquilleras a este lado del mundo. Créditos: Austin Reid.

Por supuesto, dicha modalidad del ‘carpe diem’ tiene sus consecuencias. Te puedes montar en un taxi y decirle que te lleve a una calle en concreto, pero si él te dice “¿sigo recto?” asume que ya le dirás tú cuando quieres que gire. Así no se tiene que preocupar de la ruta, hecho que se traduce en terribles equivocaciones cuando le preguntas por qué no ha girado en la calle que le dijiste al montarte en el taxi y el conductor simplemente contesta “porque no me lo has indicado”.

Lo feo del asunto es que a veces hay que pensar para hacer según qué cosas. Y sobre todo profesionalmente. No sé cómo llevaría Rattika lo de llevar la gestión de su empresa, pero el caso más extremo que conozco de la fobia a pensar no lo viví en primera persona. Le ocurrió a uno de mis grandes amigos, que dirige un equipo de ingenieros tailandeses en una compañía establecida en Bangkok. Cuando llevaba un mes, reunió a su equipo de profesionales y les preguntó, uno por uno, cómo veían su función. Uno de ellos fue muy claro en cuanto a sus quejas.

-Y bien -arrancó mi amigo español-, ¿cómo ves el cambio en la empresa ahora que he entrado yo?
-Estoy contento, creo que lo haces bien -respondió cauto el ingeniero tailandés-. Pero hay algo que no me gusta.
-Cuéntame qué es lo que no te gusta -respondió inocente mi compatriota.
-Que me haces pensar -se desahogó el profesional local-. Nuestro anterior jefe no nos hacía pensar, sólo nos decía lo que teníamos que hacer y no nos preguntaba si lo veíamos mejor o peor. Tú me haces pensar y me siento más cansado.

Es curiosa la relación del cansancio con lo de darle al coco. Yo me canso si hago abdominales, pero esa es otra historia. Lo que hace que te caigas de la silla es que un ingeniero no quiera pensar. Si él no quiere pensar, ¿qué dirá el charcutero? ¿O el guardia de seguridad? Hasta entonces, yo siempre pensé que la ingeniería es una profesión de mucho pensar. Si me dijeses que los que estudiamos letras no tenemos que darle mucho al coco, de acuerdo. Pero un ingeniero son palabras mayores.

Claro, luego pasa lo que pasa. Los rascacielos en Bangkok, muy bien. Pero a veces se falla en lo más simple. En contar escalones. Admito que yo soy un tipo un tanto raro. Cuando subo las escaleras o paso por suelos de grandes baldosas me fijo en estupidedes como cuántos escalones o baldosas hay, o en cómo acaban. Seguramente cuando sea mayor me quede más loco de lo que esté por fijarme en esas chorradas, pero a veces me sorprende esta manía.

Cada vez que subía un paso elevado que hay junto a mi apartamento notaba algo raro. Algo no estaba bien en ese paso elevado. Yo subía los escalones y algo fallaba cuando bajaba los siguientes. Un día me dio por contar los escalones. Correcto. Treinta y cinco escalones al subir sumando los tres tramos. Cuando hice los de bajada vi el error. Treinta y cuatro. Un escalón menos.

A simple vista parece un paso elevado muy hermoso y muy bien hecho. ¿Tendrá los mismos escalones a cada lado?

No sé si el fallo fue del ingeniero o del fulano que pusiese la estructura para montar el paso elevado. Pero está claro que alguien la cagó y puso un escalón menos en un lado. Porque el suelo entre ambos lados es totalmente plano y no necesitaba equilibrar nada. Eso sí, me quito el sombrero ante quien tuviese que solucionar semejante entuerto para que el puente no quedase torcido (o al menos no lo aparentase) con el desequilibrio entre ambos lados del paso elevado. Ese tipo que dio con el arreglillo en cuestión si que tuvo que pensar, vamos.

Aunque de todas las particularidades a la hora de pensar o no pensar, me quedo con los letreros en este país. Los hay de todos los colores para hacer una serie de grandes cagadas a la hora de escribir algo en inglés. Pero me quedo con el mejor. El del metro de Bangkok.

Hay varias formas para transcribir el alfabeto tailandés al romano. No voy a explicar eso en estas líneas, pero podríamos decir que a veces pueden cambiarse consonantes para mostrar el sentido de una palabra en nuestro idioma. ¿Pero para qué complicarse en mirar si cuando algo se transcribe puede significar algo diferente en inglés?

Eso debieron pensar a la hora de traducir las paradas de metro al inglés. La última parada de la línea no la tradujeron, simplemente adaptaron su sonido al alfabeto romano. El problema es que lo adaptaron a nuestra escritura como ‘Bang Sue’. Vamos, lo que en inglés significa directamente “follarse a Susana”. Queda muy curioso bajar a las vías del metro y encontrarte un cartel que te indica que, para follarte a Susana, gires hacia la derecha.

Seguro que más de un sajón en pantalones cortos se ha ido directo a la derecha a ver si así podía entrar en el catre de la tal Susana en cuestión.

Particularidades de la manera de ver el mundo a este lado del mundo. Aunque hace pocos días una amiga española me recordó que lo de pensar tampoco gusta mucho en España. Tras contarme que estaba nerviosa porque no le venía la regla porque había dejado que acabasen dentro de ella sin preservativo varias veces tuvo clara su justificación. “¿Acaso piensas que en aquel momento estaba yo para pensar?”. Ahora sí que piensa en ello. Y piensa mucho.

Un día en la universidad

Varios universitarios en una de las zonas universitarias de Bangkok, enfundados en sus curiosos uniformes como si de una serie japonesa se tratase. Créditos de la foto: Poomkamol.

Nunca fui un buen estudiante. Mis notas pasaban desapercibidas cuando era un mocoso y en mi adolescencia me importaba más el culo de Marta en el pupitre de delante que los senos y cosenos que escribía en la pizarra el profesor de matemáticas. Llegué a la universidad como casi siempre llego a todos los sitios. Tarde. Cuando uno se preocupa más por los senos de Marta que por los cosenos en las matemáticas pasan esas cosas. Repetir cursos y acumular suspensos, vamos.

Y sin embargo, mi madre aún presume con sus hermanas de que su hijo tiene unos cuantos papelajos en forma de títulos que acreditan que mi cabeza debería servir para algo más que para despeinarme a la moda. Es cierto. Lo que mi madre no cuenta a sus hermanas es que yo nunca fui capaz de sentarme más de una hora delante de un libro que no me interesase un carajo. O me enteraba a la primera de lo que leía porque me gustaba o a suspender.

Tampoco cuenta mi madre que su hijo tuvo que hacer una carrera de letras de esas en las que se estudia poquito y en las que con buenas palabras puedes aparentar que te has estudiado la lección. Incluso cuando la lección estaba resumida en unos apuntes que desgraciadamente se habían quedado en el bar el día anterior al examen tras lidiar con sendas cervezas.

Desconozco si seguirán sirviendo cerveza y carajillos en el bar de la facultad de comunicación en Barcelona. Imagino que ya no se podrá fumar ni siquiera ‘destrangis’. Ese tema de las libertades y de la moralidad que tan de moda está en España. Lo que sí puedo asegurar es que si mañana mismo me plantase en aquel bar me reconocerían todos los camareros que aún trabajasen en el chiringuito.

Allí pasaron mis años universitarios. En el bar. Menos mal que ya no tenía que estudiar senos y cosenos como en mi adolescencia. Lo que sí fue una pena era que Marta y su culo habían pasado de calentar pupitre en el instituto a calentar al personal que pasaba por su caja registradora en un Carrefour. Afortunadamente, Paulita y sus senos y cosenos fueron un buen recambio para amenizar los días en el bar de la universidad.

Un bonito festival universitario en Bangkok, con sus globos y todo. Créditos de la foto: Praphol Chattharakul.

Es fácil imaginar así que mi primera visita al bar de una universidad pública en Bangkok me ponía algo más que el gusanillo en el estómago. Iba al centro del saber. Al templo del conocimiento siamés. Las puertas de la sabiduría se abrían ante mí gracias a una amiga me pidió que la acompañase a la universidad donde estudia Management, lo que vendría a ser como un Empresariales de ojos rasgados.

Son curiosas las universidades en este lado del mundo. No hace falta llegar siquiera al edificio para saber que estás en zona universitaria. Puedes darte cuenta gracias a los uniformes. Porque aquí los jóvenes llevan uniformes incluso en la universidad.

Seguro que la idea de los uniformes la tuvo alguna mente calenturienta que quería satisfacer a todos esos fetichistas que se mojan en sueños con chiquillas en falda y blusa de escuela. Obligando a las jóvenes a vestirse así en la universidad ya podían tener fantasías legales con jovencitas de dieciocho a veintitantos años y dejaban tranquilas a las estudiantes de secundaria. Y es que lo de los uniformes aún pone mucho a demasiados tipos de moral cuestionable. Que se lo pregunten a los japoneses.

El uniforme de batalla para las chicas en Tailandia. El largo de la falda se elige a gusto de la usuaria. Créditos: Ian Fuller.

Cómo no, mi amiga quería presentar a su amigo extranjero en sociedad. Y yo no iba a negarme a visitar el bar de su universidad, por supuesto. Lo que no imaginaba era que ese bar no era un bar a la antigua usanza, sino un puesto de comidas en el que los jóvenes devoraban arroz con pollo y sopas de fideos picantes a las nueve de la mañana. Eso sí que es el desayuno de los campeones.

Mientras esperábamos a sus amigas recordábamos nuestra comunión con el whisky de la noche anterior y ella hacía hincapié en cómo martilleaba su cerebro el amigo destilado escocés, fideos mediante.

-Ya te lo he dicho, yo nunca había ido a esa discoteca antes y no suelo salir de fiesta -intentaba convencerme ella.
-Pero sueles salir de fiesta -insistí.
-Casi nunca -esquivó-. Y sólo voy a lugares de música tailandesa en vivo. Si ni siquiera suelo beber.
-Cuéntame otra, morena -la buena de mi amiga había bailado toda la basura comercial que suena en Bangkok como si fuese una de las experimentadas bailarinas que Lady Gaga lleva en sus shows-. Te movías como pez en el agua entre cubatas y bailes.
-Eso es porque cuando acaban las clases ponemos música y mis amigas y yo bailamos.
-¿Cómo? ¿Os ponéis a bailar allí en medio de clase?
-Cuando se han ido todos -me explicó-. Nos hacemos fotos y luego bailamos temas de Rihanna, Lady Gaga o Pit Bull.

Difícil de creer, pero cierto. Su Facebook está plagado de fotos de ella y sus amigas vestidas con el uniforme y en sugerentes poses con la pizarra de fondo. Y yo que creía que lo mío en el bar de la universidad era de suspenso. No me imagino a mis compañeras de clase en la facultad poniendo ‘La Oreja de Van Gogh’ en el radiocassete de los ‘listening’ de inglés y bailando la coreografía mientras se hacían fotos haciendo morritos.

Qué linda sesión de fotos tras marcarse unos bailes al acabar la clase.

Eso sí, el plato fuerte estaba por llegar. Y no me refiero al arroz con ternera infestado de chile picante del que estaba dando cuenta, ya que adoro el picante y el arroz. Me refiero a sus amigas. Al futuro del ‘management’ en este país. A las empresarias del mañana en el Reino de Siam.

Tras las necesarias presentaciones y las sonrisas que me dedicaron, allí me veía yo, rodeado de unas cuantas universitarias en blusa blanca y falda negra en un chiringuito donde ni el letro de ‘push’ en la puerta estaba en inglés y en el que mejor olvidarse del café con cruasán. Cada una de ellas tenía una historia. Historias sin desperdicio.

Joy era la que más desapercibida pasaba. Hablaba lento, sus enormes ojos negros iban de un lado a otro y nunca fijaba su mirada en nada en concreto. Sonreía. Simplemente sonreía. Mi amiga me lo explicó en voz baja sin que ella ni siquiera se percatase pese a sentarse delante nuestro. A Joy le gustaba más la marihuana que a mí el arroz picante. Y mira que me encanta.

Sus amigas ya habían asumido que Joy era siempre la convidada de piedra. Ella se sentó, pidió su comida y sonreía. Si alguien le decía algo seguía sonriendo. Hablaba despacio. Elegía cada palabra. No negaré que su voz sonaba melódica, lenta y pausada como si fuese el disco compacto de un manual para principiantes en la lengua tailandesa.

Al menos, Joy se veía radiante. Dispersa pero bella. Nada que ver con Meena. La buena de Meena miraba de un lado a otro, no dejaba de hablar y ondeaba su larga cabellera morena para dar más énfasis a su discurso atropellado. No sumaba más de veintitrés años, aunque su cara no podía decir lo mismo. Su cara denotaba más kilómetros que la A2 con peajes y todo.

Lógico. Meena estaba enganchada a la noche. A los devaneos nocturnos que puede ofrecer Bangkok. Meena decía acabar cada noche en Wip bailando hasta las tantas de la madrugada, lo que no le impedía ponerse el uniforme unas cuantas horas después y pasearse por la facultad. Por supuesto, tenía un gélido secreto. Ice. Una popular droga entre los jóvenes tailandeses que no es más que metanfetamina de la de toda la vida algo rebajada.

Aun así, parecía que el día que conocí a Meena no podría seguir con su particular saga de ‘Ice Age’ para adultos. Su madre había ido a verla a Bangkok y tenía que batallar con una espinosa situación. La joven recibió unos 1.600 euros al cambio para guardar en su habitación por si se daban gastos inesperados. Pero la noche siempre tiene cubatas inesperados y dispendios varios inesperados. Muy contentos tienen que estar en Wip de que ese dinero se haya quedado entre sus paredes.

Todo aquello me pareció indicar que hay verdaderos problemas con las drogas en la universidad tailandesa. “Pasan de todo y se meten de todo; marihuana, cocaína, ice y lo que quieran”, me comentó mi amiga, la única que afirmaba estar alejada de todo eso. Con lo dura que es la Ley aquí con el consumo de drogas.

Haciendo pose y morritos al acabar la clase. No falte nunca la Blackberry cerca.

Lo mejor estaba por llegar. Ojerosa y con el uniforme sin planchar, Jee llegaba tarde a la cita con sus amigas. La noche había sido larga para ella. Había ayudado a su novio, Yod, a servir copas en su bar hasta bien entrada la madrugada. Pero Yod no era en realidad el único novio de Jee.

Jee tiene una cuenta en Facebook en la que sólo tiene cabida un hombre. Erich. Un alemán de piel rosada e incipiente alopecia rubia. Erich no luce atractivo como su joven amor de veintidós años. Algo que suele ocurrir cuando se tienen quince años más que la muchacha que has elegido para compartir lecho.

El bueno de Erich está enamorado. Y como está enamorado no le importa pagar las facturas. Y tampoco le molesta hacerse cargo de la matrícula de Jee en la universidad. Y del alquiler de su habitación. Hasta le deja un dinero para que la chica se alimente bien. Ella se lo compensa yendo a verle cuando no tiene que estudiar, que es una vez cada dos semanas. Porque Erich no vive en Bangkok, sino a tres horas de autobús.

Las fotos que Jee cuelga en Facebook con su amor son muy hermosas. Si no fuese porque el amigo ario no pega con la belleza asiática de Jee alguno podría decir que son una bonita familia. Y seguramente Erich sea más que un buen tío. Siempre da buenos consejos a las amigas de su amor.

¿Qué pasaría si Erich se enterase de que Jee financia los gastos de su novio tailandés con su dinero? ¿Cómo reaccionaría el bueno del germano si supiese que Yod le pide dinero a Jee constantemente porque afirma estar siempre sin blanca?

Erich está enamorado, pero desconoce que no le está pagando los caprichos sólo a Jee. Se los está pagando también  a Yod. Jee también está enamorada, por eso paga todo lo que Yod le pide. No sé si Yod ama o no ama a Jee, pero yo desconfiaría de una relación que se basa en las facturas.

Quizás debería sentirme mal por haber hecho guasa con mi amiga universitaria y sus compañeras acerca de Erich. Pero no. Si alguien piensa que debería alinearme con el germano por el simple motivo de compartir conmigo el hecho de ser dos europeos en Tailandia, lo siento pero no pienso hacerlo. Siempre que veo un caso como el suyo deseo que una chica como Jee saque todo el provecho que pueda.

Nunca se ha de hacer en este país lo que no harías en el tuyo. No me cansaré de repetirlo. ¿Creerías que una jovencita quince años menor que tú estaría contigo por algún motivo que no fuese el dinero en tu país? Si no es así, ¿por qué piensas que Tailandia es diferente?

El dinero tiene demasiado peso aquí. Así que mejor eliminarlo de la circulación. ¿Quieres ver algo de realidad? Entonces no pagues un duro. No invites a tu amiga a la cena ni a las copas. No le pagues el taxi. Por supuesto no le dejes ni un baht sin motivo alguno. Porque en mi país todos los que pagan tienen un nombre. Y las que cobran tienen otro. Y yo no quiero ser ninguno de los dos.

Nos cierran las discotecas a los que no buscamos putas. Los puteros, en cambio, siguen en el juego

Si la prostitución está prohibida en Tailandia... ¿qué hacen las chicas dentro de estos locales de luces rojas? ¿Cuentan chistes al personal?

Mi prima Mónica siempre fue una muchacha confusa. Cuando en nuestros años mozos nos juntábamos frente al pilón del barrio, ella era la única que defendía -Superpop en mano y bolsa de chuches en el bolso- que nunca se amorraba al pilón. Que era una muchacha casta y que todas aquellas que cada sábado por la tarde se morreaban con lengua con un chico diferente en el cine no eran más que unas guarras.

Mi prima Mónica decía que ella no era una cualquiera y que sólo se besaría con alguien especial. Pero mi prima Mónica fue la primera a la que pillamos en un portal con las bragas por los tobillos mientras un Don Nadie culminaba precozmente dentro de ella. Luego nos enteramos de que aquella no había sido la primera vez. Y sin embargo, Mónica siguió afirmando ser casta y pura mientras tachaba de sucias al resto de chicas de mi barrio. Las mismas que aún no habían pasado de los besitos en el cine y que desconocían la oscuridad de los portales.

La buena de mi prima Mónica era como tantas otras adolescentes que se debaten entre no reprimir sus instintos y al mismo tiempo tratar de dar una imagen pura y casta que no es real. Exactamente lo mismo que le pasa a Tailandia. El Reino de Siam también se debate entre el lujurioso lugar en que se ha convertido para algunos y la bucólica imagen que intenta dar al mundo. Aun así, a Tailandia no se la cree nadie.

Lo que aún resulta más obsceno es que el Gobierno tailandés siga empecinado en reafirmar que la prostitución está prohibida en el Reino. Curiosa afirmación. Tailandia es el principal destino turístico sexual del mundo, al que cada año llegan hordas de hombres entrados en carnes y en años en busca del cariño de las señoritas que fuman, tan particulares y tan melosas en este rincón del mundo.

Estas lindas señoritas seguro que no infringen la ley y no venden su cuerpo...

La última vez que volé desde Europa hacia Bangkok lo hice previa escala en Alemania, y desde allí partí con decenas de hombres entre los cincuenta y los setenta años con cara de querer gastarse la pensión en los prostíbulos de Bangkok. También compartí vuelo con algunos jóvenes arios con cara de ligar poco en territorio germano y embarcando en vuelo directo hacia los distritos rojos de Tailandia. Entraban en el avión armados polla en mano. Preparando el camino. Lo que menos se veía en aquel avión eran parejas en luna de miel y turistas sin caras de puteros.

Pero la prostitución está prohibida aquí. Eso dice la Ley. Otra cosa es que afirmar que la prostitución no existe en Tailandia es tan poco válido como sería decir que la economía española es un valor al alza. Es todo tan estúpido que los bares de chicas no se esconden en Bangkok. Los letreros luminosos rezan eslóganes como ‘Super Pussy’, ‘HotMale café’ o ‘Lolita’s bar’, mientras que desde la calle se pueden ver a las chicas bailando en paños menores sobre una barra americana.

Bonitos luminosos en una de las calles donde más turistas pasan, mujeres y niños inclusive. Pero ahora que caigo, la prostitución está prohibida en Tailandia. ¡Ah claro! Ese letrero ha de ser el de una clínica ginecológica. Cómo pude dudarlo...

Todo esto no sería una molestia para mí y ni siquiera le daría importancia si no fuese porque el panorama nocturno de Bangkok se ha transformado en las pocas semanas que el nuevo Gobierno tailandés lleva en el poder. Todo es obra del Ejecutivo liderado por la reciente ganadora de las elecciones, hermana del depuesto y desterrado anterior líder de su partido, y cuyos nombres me doy el lujo de omitir. Heredera de los votos de la gente pobre y de los pueblos -entre las regiones de Isaan, el norte y el sur suman más de la mitad de la población-, la nueva primera ministra del Reino es defensora a ultranza de una Tailandia moralista en la que los excesos nocturnos no tienen cabida.

Lo primero que hizo el nuevo responsable de economía fue afirmar que Tailandia se iba a convertir en un destino turístico familiar. Y voy yo y me lo creo. También que iban a acabar con la industria de los bares de chicas. Vale, que sí, que también me lo creo.

El problema ha sido que a la buena de la primera ministra le ha dado por ponerse dura con la legislación vigente en torno a los horarios de cierre de los locales de copas. Y es que los horarios de cierre de la diversión etílica gastan los mismos problemas que el debate sobre si la prostitución está prohibida. Fiel a su doble moral, Tailandia no permite que las discotecas y los bares de copas cierren más tarde de las dos de la madrugada. Un horario cuanto menos mojigato y conservador. Y sin embargo, cuanto menos falso en la práctica real. Porque no somos pocos los que en Bangkok acabamos la fiesta normalmente a las siete de la mañana del día siguiente. Algunas veces incluso a las once.

¿Cómo es posible? Muy fácil. Mediante lo que mejor funciona en este país. La corrupción. Las discotecas no pueden abrir más allá de las dos, pero gracias una buena suma de dinero pueden comprar a la policía, que hará la vista gorda y dejará que los locales sigan abiertos sin esconderse y con sus luces y música a todo trapo hasta que se vaya el último cliente.

Así funciona todo en este país. La prostitución está prohibida, pero la policía hace la vista gorda. Los bares de copas no pueden abrir más tarde de las dos, pero la policía hace la vista gorda. En los mismos lugares no se puede fumar, pero la policía hace la vista gorda. ¿Recuerdan que hace poco hablamos de que en Isaan las niñas de mayor querían ser las esposas de un farang con dinero? ¿Y recuerdan qué querían ser los niños? Sí. Querían ser policías. No por los tres cientos euros al cambio que ganan al mes. Sino por los miles y miles de bahts que ganan mediante corruptelas y sobornos varios.

Aun así, el flamante Gobierno quiere dar ejemplo en estos momentos. Por eso estas dos últimas semanas hay patrullas enteras de policía que cierran todos los bares de copas más tarde de las dos. Nos están dejando sin fiesta. ¿Pero a todo el mundo por igual?

Pues no. Porque en Tailandia hay dos tipos de discotecas muy diferentes entre las que cierran tarde:

Las buenas. Son visitadas mayoritariamente por público tailandés. Chicos y chicas que van a beber copas. Jóvenes prácticamente todos. También vamos algunos extranjeros que vivimos en el país y tenemos amigos locales. Y lo más importante: no se suelen ver putas en estos lugares. Al menos, no es lo común, y son lo más parecido a una discoteca normal en cualquier ciudad española. Son locales como Scratch Dog, Wip, Narz o similares.

Disfrutando en una conocida discoteca de gente 'normal' que cierra tarde.

Las malas. Discotecas que aparentemente tienen pinta de locales de copas donde ir a bailar y ligar. Pero no. Son un engaño en realidad. Su público masculino está formado íntegramente por extranjeros caucásicos, y muchos de ellos mayores y entrados en años y kilos. Las chavalas, en contrapunto con semejante esperpento de hombres, son jovencitas esbeltas que además derrochan una sospechosa simpatía. Vamos, que son todo trabajadoras de la noche. Lo que pasa es que son autónomas. Freelancers. Intentarán ligar contigo. Harán como si realmente les gustases. Pero es todo mentira. Buscan tu dinero y si les dices a tiempo que no vas a pagar un duro, probablemente se vayan. También son locales que cierran muy tarde y en ellos las copas son muchísimo más caras. Los ejemplos más conocidos son Shock39, Insomnia, Spicy, Climax o Swing.

El podio de Shock39, antro de mala muerte donde sólo hay viejos farangs y freelancers. Es tan lamentable que hasta se puede ver a un fulano vestido de Steve Urkel intentando camelarse a una prostituta rusa. Es preferible mantenerse alejado del lugar.

Mi considerable enfado con la nueva política moralista del nuevo gobierno es que se centra en clausurar todos los locales de copas que no respeten el cierre de las dos de la madrugada. A medias. Manadas de coches de policía se presentan en las discotecas que abren hasta tarde y cierran los garitos. Da igual quien haya dentro. Música apagada, luces encendidas y todo el mundo a casa. Si has comprado alguna botella, la discoteca te la guarda para la próxima ocasión. Pero de ligarte a esa chavala tan simpática con la que hablabas ya puedes olvidarte. Todos a dormir.

Eso lleva pasando durante las dos últimas semanas. Da igual que las discotecas hayan pagado los gastos de corrupción a la policía para que hagan la vista gorda. La nueva política de cierres es demasiado estricta. Pero como casi siempre en este país, hay dolorosas excepciones.

La política de cierres juega en favor de ese buen moralismo tailandés. Sobre todo intenta evitar que las jóvenes sin recursos se perviertan en manos de los sucios farangs que quieren corromperlas con su dinero. Por eso, se cierran todos los locales. Pero no todos acaban por bajar la persiana. Porque las malas discotecas, esas que están llenas de putas y viejos europeos, acaban por evitar el cierre. Tienen más dinero. Ganan mucho más por las copas. Una botella en una discoteca de las malas vale casi tres veces que en las buenas. Así que, cuando la policía se presenta, les sobornan de nuevo con ese dinero que les sobra. Logran evitar cualquier intento de cierre gracias a pagar más dinero a la corrupta policía.

Eso es lo que ha conseguido el nuevo Gobierno con su política de cierres. Ha dejado a sus juventudes sin copas y sin diversión. A los muchachos de veintitantos años que trabajan duro toda la semana y que quieren pasar un buen rato con sus amigos el sábado por la noche los envía a casa. Les censura una de sus diversiones. Con lo mal que están las relaciones sociales cara a cara en Tailandia por culpa de Internet y la telefonía móvil, lo que faltaba ya es que les prohibiesen disfrutar de uno de los pocos entretenimientos sociales que les quedaban.

A quienes nos gustan esos locales donde las putas no son la tónica habitual también nos dejan en bragas. A casa igual que ellos.

Lo realmente patético es que los que siguen en el partido son todos esos viejos farangs podridos en dinero y dispuestos a pagar a sus putas. Para ellos, las discotecas cargadas de freelancers están abiertas hasta bien entrada la mañana. Y también siguen en el partido esas jóvenes freelancers que holgazanean todo el día para luego buscar a un tonto que les pague los caprichos o al menos el polvo de esa noche.

Eso ha conseguido esta nueva política de cierres. Prohibirles la diversión a los jóvenes que trabajan en lugares dignos y que se dejan la piel en empleos de ocho horas y seis días semanales. Y lo que también ha provocado es favorecer a esas holgazanas que ganan tres o cuatro veces más que esos jóvenes trabajadores a costa de no hacer nada durante todo el día y luego acostarse con un farang cualquiera a la noche.

Bravo Tailandia. Una vez más has vuelto a demostrar que la prostitución está prohibida en este país.

“De mayor no quiero ser cantante, quiero… ¡casarme con un farang!”

"¿Con cuál de ellas me caso? Espero que no me cobren mucho...", piensa el farang de turno. Foto del archivo de Stickman.

Piloto de naves espaciales. De las que disparaban rayos láser en las películas del espacio. Cuando era niño yo no soñaba con ser uno de esos astronautas horteras que daban saltitos sobre la Luna. Yo lo que quería era pilotar esas naves espaciales que luchaban contra los marcianos. Eso respondía yo cuando no medía ni un metro de alto y me preguntaban qué quería ser de mayor.

No sé si la empanada que llevaba en la cabeza cuando tan solo era un chaval me impedía ser más realista y soñar con ser bombero, policía, actor o cocinero. Mi amigo Cristian, siempre embutido en un cuerpo dos veces del tamaño del mío, no paraba de repetirme que lo mejor sería ser cocinero. Así podría comer pasteles todo el día. Por supuesto, a Cristian el romanticismo en su futuro le importaba un comino. Cristian sólo quería hacer realidad sus más oscuros deseos terrenales y particularmente gastrointestinales.

Lo que ninguno de mis amigos contestaba cuando le preguntaban qué quería ser de mayor es follaviejas. No. Nunca nadie dijo soñar con lo maravilloso que sería hacer de Dinio y bañar en dinero a cambio de pasar por la menopáusica piedra de una señorita sexagenaria, ricachona y aburrida.

Pero en el Reino de Siam siempre acabas por descubrir algo que te hace caer de la silla. La sociedad tailandesa también se cayó de la silla cuando se publicaron los resultados de una encuesta infantil en la que se preguntaba a niños y niñas de Isaan qué querían ser de mayores. Los niños lo tenían claro. Policía. No es una gran noticia teniendo en cuenta la corrupción reinante en los cuerpos policiales, pero tenía un pase.

El dramón fueron las niñas de Isaan. La mayoría no querían ser cantantes. No les interesaba salir en la tele. Tampoco pensaban ser peluqueras como decía mi prima. La respuesta mayoritaria fue inesperada. “Casarme con un farang”, coincidieron.

Al fin y al cabo la encuesta sólo ponía de manifiesto uno de los problemas gordos -y no hablo de los gordos ingleses buscando putas- de Tailandia. La imagen para muchos tailandeses de que todos los extranjeros de pelo en pecho tienen dinero y que casarse con uno de ellos es como que te toque la lotería. La gran mayoría en Isaan no ha oído hablar del mileurismo o de la cola del paro en España. La gran mayoría ha visto ‘Sensación de vivir’ y se ha pensado que todo Farangland es como un Beverly Hills gigante.

Pero para entender a estas niñas hay que viajar a Isaan. Hay que hablar de Isaan, la zona más pobre de Tailandia.

Una pareja de ancianos recorren la zona rural de Udon Thani en el vehículo de transporte colectivo más popular en estos pueblos.

Isaan es la región más pobre de las cinco que conforman el país. Se encuentra al noreste, en plena frontera con Laos y pese a ser una quinta parte del territorio, cerca de una tercera parte del pueblo tailandés procede de Isaan. He aquí algunas de sus características:

-Son gentes muy pobres y representan un tercio de la población del país.
-En agricultura, Isaan es como la tierra donde pasó el caballo de Atila. Vamos, que allí no crece ni un tulipán.
-Hablan una lengua diferente que se parece más a la propia de Laos que al tailandés estándar.
-Un insulto común en Tailandia para llamar estúpido a alguien es decirle que tiene una ‘educación de Isaan’.
-La piel de la gente de Isaan es mucho más morena que la del resto del país.

El hecho de la piel cuenta más de lo que imaginan. Ese color oscuro en la piel de la gente de Isaan. Y es que, desgraciadamente, en este país se mira con lupa la piel de cada uno. Si el color de tu piel es pálido has ganado. Si es oscuro, la cagaste. Tal es la fijación por el color de la piel que los supermercados están llenos de cosméticos blanqueantes -con un éxito de pena al ver que todos siguen igual de morenos- y que en los informativos de la tele suben el contraste de las cámaras para que los presentadores se vean blancos como si los hubiesen limpiado con Ariel.

Una muchacha de Isaan que se dedica a la 'farang'dula.

Una tailandesa de piel morena jamás podrá casarse con un blanquito de piel. Una tailandesa de escasos recursos económicos tampoco podrá optar a un novio con un buen poder adquisitivo. Eso deja a la gran mayoría de muchachas de Isaan en clara desventaja. Y eso que las gentes de su región son una tercera parte de la población.

Pero la mecha que hace arder esta mezcla explosiva son los extranjeros. Si en Tailandia la piel morena no gusta, a los occidentales les encanta. Sobre todo a los ingleses. Miren lo rosas que se ponen tras tostarse al sol de España o de Tailandia para acabar por lograr un buen quemazón. Y lo de las dificultades económicas tampoco es problema para el hombre occidental. El mismo tipo que se quema al sol lloraba cada vez que leía ‘La princesa prometida’ y siempre quiso ser un caballero andante que rescatase a una joven princesa en apuros. Si esa joven princesa sale de un bar de luces rojas y va vestida en paños menores no es problema

Y aquí aparece la ecuación perfecta. La muchacha de Isaan busca a su extranjero sin complejos, y el extranjero de turno a su chavala de ojos rasgados. Todo sería perfecto si no fuese porque, al final, lo que más proliferan son parejas de señores ya entraditos en carnes y años con jovencitas morenas. ¿Por qué?

Una casa típica en Udon Thani.

Una imagen vale más que mil palabras. Esta es una casa tradicional de cualquier villa de Isaan. En concreto, esta es una de Udon Thani, la provincia que ostenta el récord de farangs registrados en toda Tailandia. Normal, con tanto señor casado. Pero en esta casa no hay ningún farang…

Los farang están en casas como la siguiente. Construyen mansiones a sus muchachas, y ellas se lo agradecen con un hermoso matrimonio. No es sólo la casa. Es también la dote que el farang de turno paga a la familia y que puede llegar a ser de 30.000 euros. Y muchas veces para agradecer a los padres haber criado una chica tan buena. Aunque trabajase en un bar ligerita de ropa. Todo lo hacía por ayudar a su familia y no por ganar dinero fácil en un par de horitas para luego andar holgazaneando el resto del día. Claro.

La casa de al lado en el mismo pueblo de Udon Thani. Esta casa huele a farang gordito y entrado en años con cara de buen pagador.

Vale, reconozco que no todo es tan trágico. No todas las chicas de Isaan se casan con tipejos que les sacan treinta años. En realidad son las menos. Muy pocas. La gran mayoría de muchachas ni siquiera desean saber nada de esos asuntos. Pero es culpa de estos farangs -mayoritariamente esas gentes rosas de tanto tomar el sol y de origen anglófono- que un occidental común está mal visto en Tailandia.

Por culpa de esos compradores de matrimonios luego muchas tailandesas se lo piensan dos veces antes de empezar algo con un occidental. No quieren que las confundan con señoritas compradas. No quieren que las señalen como si fuese ‘la bien pagá’. No les interesa que las confundan con las chicas de los bares de las luces rojas. Por eso, si tienes una novia tailandesa de tu edad y, además de quererte, jamás te pidió un duro, considérate afortunado. No sólo le gustas. Sino que le gustas tanto que incluso le da igual si hablan mal de ella.

¿Pensaste que toda tailandesa es de vida alegre? Lo siento, te equivocaste

Siento decirte que si pensaste que has ligado en esta discoteca no es porque fueses guapo. Es porque en este local sólo hay putas. Sólo que son putas de las que has de ligarte, claro.

Nunca olvidaré una de las mejores anécdotas que una amiga me contó una tarde en Bangkok. Una amiga tailandesa, por supuesto. Conocedora del mundo y con su pasaporte desvirgado en Europa y posteriormente cargado de visados asiáticos. Una muchacha de clase alta que se tiró a la piscina cuando le propusieron estudiar un máster en Pekín. El problema es que esa piscina no estaba llena de agua. Esa piscina era más bien como la pista de baile de un espectáculo de cabaret con cientos de tipos babeando por la tipa que se tiraba del escenario.

Pekín no le gustó. China tampoco. Pero jamás criticó la contaminación de Pekín. Tampoco sus dificultades para moverte por la capital china. Lo que pudo con sus nervios fueron los chinos. Y no me refiero a la población china. Me refiero a los chinos en masculino. Al hombre chino, vamos.

-¿No fuiste a Mix? -le pregunté acerca de una de las discotecas míticas de Pekín.
-Odio ese lugar -refunfuñó mi amiga.
-¿Por qué? Si es de lo mejorcito.
-No me gusta que me traten como a una pizza.

¿Cómo si fuese una pizza? Imaginen mi perplejidad. Pues la metáfora tiene su sentido. En China ya hace unas cuantas décadas que el Gobierno sólo permite tener un hijo. Cuando se impuso esta obligación, todas las parejas chinas se volvieron locas y optaron por lo que era la única opción razonable: tener un hijo varón.

En China lo del primogénito cuenta más que en la Europa de Carlos III y compañía. En China -igual que en Tailandia- no existe la seguridad social. No hay pensiones para la gente mayor. Ni ayudas por complicaciones médicas. Por no haber, ni siquiera la sanidad es gratuita. Es por ello que se asume con total naturalidad que los hijos han de acabar manteniendo a los padres cuando éstos sean mayores.

En la zona rural más pobre de Tailandia no hay problema si en lugar de hijos una pareja tiene hijas. El país está tan mancillado ya que demasiadas familias -desgraciadamente demasiadas- asumen que tener una hija puede ser muy rentable si se casa con uno de esos gordos anglófonos o con uno de los desagradables sexagenarios que recorren el país en busca de jovencitas. Pero en la China rural no. Si la pareja tiene una hija sólo les queda casarla y esperar que el nuevo marido acceda a mantenerlos. Si tienen un hijo, en cambio, pueden esperar que el retoño trabaje cuando sea mayor y les ayude en la vejez.

Lo que no tuvieron en cuenta estas familias es que eso iba a dejar a los pobres hijos de Mao en desventaja. Empezaron a haber nacimientos en masa de varones y a desaparecer las niñas de los libros de familia. Las cifras que se manejan ahora es que hay una desproporción con más de cuarenta millones de hombres de más en comparación con el número de féminas. Eso es la población de toda España. Imaginen todo nuestro país lleno de hombres.

La discoteca china de marras.

Es mucho chino para tan poca china. Y encima los hijos de Mao no se acercan a las occidentales. Sea por falta de autoestima en algunos casos o por diferencias culturales, se mantienen al margen. Por eso, cuando ven a una tailandesa se vuelven locos.

En China pasa como en España o Europa. El ciudadano raso se piensa que Tailandia es un país de putas. Que todas las tailandesas son putas. Putas de las que cobran y putas aunque no cobren. Mucha gente se piensa que toda Tailandia es un jodido burdel del tamaño de Francia.

Recuerdo un conocido español, fotógrafo para más señas, que tras vivir seis meses en Bangkok con su novia catalana me hizo una afirmación estelar: “¿Pero tú vas de fiesta con esas tías? Si las que salen de fiesta son todas putas, ¿no?”. Lo jodido del caso es que me lo dijo alguien que llevaba seis meses en territorio siamés. Eso sería decir como que todas las tipas que beben cubatas un sábado noche en Barcelona son putas. No dudo que haya bastantes putas de incógnito pululando cualquier discoteca tailandesa. ¿Pero cómo llamaríamos a las tipas en España que lo primero que te preguntan es dónde trabajas, dónde vives y qué coche tienes?

Es una pena, pero en cualquier lugar la gente piensa que Bangkok es un gran burdel. Culpen a Tailandia o a la imagen que da tanto putero visitando Bangkok, pero en medio mundo se piensa que Tailandia es la madre de los prostíbulos. Afortunadamente, no es así. Aunque los chinos, que están todo el día viendo imágenes en Internet de las barras americanas de Bangkok o Pukhet, no ven más allá de los bares de guarras y de las páginas de contactos tailandesas.

Y de ahí lo de que mi amiga dijese haberse sentido como una pizza en aquella discoteca china. Normal que odie a los chinos. Su explicación fue muy clara. “Estaba pidiéndome una copa en la barra y empezaron a mirarme descaradamente [seguro que se la estaban follando con la mirada], hasta que al final vino uno y me intentó coger del brazo. Eso los movilizó a todos. En seguida tenía a otro tirándome del otro brazo. Pensaba que me los iban a partir. Cada uno me quería llevar con él. Luego vino un tercero y empezó a buscarme la boca. Cuando me di cuenta había otro detrás intentando agarrarme de la cintura. Sólo sentía gente tocándome y sobándome. Cada uno quería su trozo de mí. Como si fuese una pizza cortada en cuatro cachos y corriesen para no quedarse sin su parte. Y todo lo hacían porque soy tailandesa. Sólo por ser tailandesa. Eso no lo hacían con las chinas”.

Pobres hijos de Mao. Están en clara desventaja. Con una mayor proporción de hombres que mujeres, y con cada vez más occidentales buscando chavalas chinas, cuando ven a una tailandesa se vuelven como fieras. Se piensan que son unas golfas en la cama. Unas lobas, cuando los lobos son ellos tras su presa siamesa. Desafortunadamente para ellos, la realidad es bien distinta.

Las muchachas tailandesas son como cualquier muchacha del resto del mundo. A las muchachas tailandesas también les gusta sentirse deseadas. Que las cortejen y les recuerden lo guapas que son. Las muchachas tailandesas no se van con cualquiera. Sólo se van con el que les gusta.

Las muchachas tailandesas no sueñan con hombres occidentales o del resto de Asia. Sueñan con las historias de amor que ven en las películas. Y en esas películas hablan en tailandés. Sólo por ser occidental, chino o japonés no tienes nada ganado. Incluso puede que te miren peor por la mala imagen que da tanto putero farang paseándose con sus jamelgas de alquiler.

Cuando una tailandesa te dice que a ella no le gustan los hombres tailandeses ya puedes echar a correr. ¿Acaso a ti no te gustan las españolas? Si una tailandesa intenta besarte en la discoteca echa una bomba de humo y esfúmate. No busca el bulto en tu entrepierna, sino el bulto de tu cartera unos cuantos centímetros al lado.

Pero claro, occidentales y asiáticos de otros países llegan a este país y ven que les empiezan a buscar la boca sin mover un dedo y se piensan que todas las tailandesas son unas cachondas. Que toda la discoteca entera se moja por ellos. Lo que no saben es que la tipa que se les ha acercado busca a alguien que le dé confort económico. Que esa chavala busca a un engañado que le pague los caprichos. Si intentasen algo con el resto de muchachas del lugar probablemente les mandarían a freír espárragos.

Ligar de legal en Tailandia no dista tanto de Europa o de cualquier otro lugar del mundo. Quien tiene éxito en España lo tiene en Tailandia. Quien sabe cómo engatusar a una mujer en su tierra lo puede hacer también en Tailandia.

Pero los que no se comen un torrado en su casa que no se piensen que en Tailandia van a ligar de legal. Se les acercarán tías, claro. Se pensarán que han ligado con una hermosa chavala de ojos rasgados. Llegarán de vuelta a sus países soñando con que se ligaron a un montón de jovencitas por lo encantadores que son. Lo que no querrán saber es que se ligaron a unas cuantas putas que buscaban engañar a cualquier atontado para ver si acababan por pagarle todos sus caprichos.

Y es que Tailandia es diferente. Tailandia es el único país del mundo donde hasta a las putas te las tienes que ligar.

El país de los hombres ¿libres?

Muchas horas viendo pasar la vida por la ventana...

La indecente fuerza del sol de mediodía en Bangkok inunda sin piedad toda la estancia. En el televisor dos estúpidos discuten en un agitado tailandés con acento central acerca de lo que han dicho otros dos estúpidos y sobre lo que dirán más estúpidos al día siguiente. El ventilador gira con fuerza y se balancea sobre el eje que lo sujeta al techo. Aún con las ventanas cerradas, desde la habitación se puede sentir cómo una horda de coches, motos y tuc-tucs se pelean por sortear otro atasco en hora punta.

Todo el mundo tiene algún lado al que ir. Algo que hacer. Y sin embargo, Pui sigue estirada en su cama. Tumbada boca abajo y con la cabeza hundida en su almohada, parece que Pui siga durmiendo. Pero sus ojos están abiertos. Muy abiertos. No es más que otro martes en su vida. Otro día más en la vida de Pui. Un día calcado al día anterior. Y al martes anterior. Con un leve movimiento de su mano alcanza el teléfono móvil que se encontraba justo a su lado. Marca un número sin siquiera mover otro músculo que no sea el de la mano con la que sujeta el terminal. Se lo lleva a la oreja y escucha como se repiten los habituales pitidos una y otra vez. Sigue en la misma posición. Ni se inmuta. Su cabeza sobre la almohada y tumbada como si durmiese boca arriba.

-Hola mamá.
-Pui -contestan al otro lado-. ¿Qué tal, hija?
-Como siempre. ¿Has podido mirar tus horarios?
-Aún no, Pui -contesta su madre con un hilillo de voz-. Mañana te digo algo.
-Pero mamá, no puedo quedarme todo el mes aquí. Mis amigos están todos pasando las vacaciones en sus ciudades, ¿por qué he de esperar un mes a que empiecen las clases?
-Ya sabes que es mejor para tu futuro que estudies en Bangkok, ya vendrás a Hat Yai en otro momento.
-¡Pero ahora son vacaciones! -grita la joven-. No tengo dinero para hacer nada, mis amigos están fuera y estoy todo el día encerrada en esta habitación. En casa -argumenta refiriéndose a Hat Yai, la ciudad donde nació y donde vive su familia- podría ver a los abuelos y estar contigo. Iría a la piscina cada día.
-Lo siento, Pui. Creo que es mejor que te quedes en Bangkok.

Hace algo más de dos semanas que Pui acabó su primer año en una de las numerosas universidades que pueblan Bangkok. Ahora mismo disfruta de sus vacaciones hasta que deba regresar a los libros un mes más tarde. Pero no se puede decir que disfrute de sus vacaciones. Mientras que sus amigos han regresado a casa de sus padres para estar con ellos hasta que empiece el curso, la madre de Pui le ha pedido a ella que se quede en Bangkok. Le envía el mismo dinero cada semana. Paga las facturas y el alquiler de su habitación. La llama a diario. Pero no le permite comprar un billete de autobús para regresar a la que siempre fue su ciudad. Prefiere que se quede tirada en Bangkok el mes que aún falta hasta volver a las aulas.

-Por cierto, Pui -continúa su madre-. Al final tu hermano irá a Bangkok a estudiar en tu misma universidad.
-¿Por qué? Ya lo hablamos con los abuelos. Sabes que Jun no puede estar fuera de Hat Yai.
-Le irá bien estudiar en una universidad mejor que la de aquí.
-Si nunca ha estudiado mucho -explica resignada-. Y aquí yo no voy a poder controlarle como hacen los abuelos.
-Se portará bien, es tu hermano.
Aquí estará todo el día jugando a cartas y haciendo otras cosas -comenta evitando hablar de los problemas con las drogas de su hermano. Problemas que no duda su madre está más que al corriente.
-Es mejor para todos.

En realidad, no lo es. No es mejor para Jun. Tampoco es mejor para Pui. Como ni siquiera puede ser mejor para la madre de ambos. Sólo puede ser mejor para el hombre que vive con ella. El mismo hombre que no piensa ocuparse de dos hijos que no son suyos.

Los padres de Pui hace muchos años que se separaron. Ella sólo era una cría de ocho años cuando su padre se fue al mar. Cuando la adicción a las cartas que le consumía acabó por dinamitar aquel matrimonio. Sin embargo, la madre de Pui aún era joven. No alcanzaba la treintena. Y muy poco le costó encontrar a otro hombre que la sedujese. Sólo que ese hombre no estaba dispuesto a permitir que los hijos de su mujer con su anterior marido se interpusiesen en su camino. El trato fue sencillo. Los hijos de ella eran suyos y suyo el problema. Y nunca iba a ser algo de lo que él tuviese que preocuparse. Tanto, que ni siquiera quería verlos en casa.

Al fin y al cabo el drama de Pui no es más que el que viven infinidad de familias desestructuradas en un país donde casarse con menos de veinticinco años y divorciarse antes de llegar a los treinta es normal.

Y es que en Tailandia nada tienen que ver las separaciones matrimoniales con la vieja Europa. De buenas a primeras, la mujer es quien carga con el muerto. Y el ex marido hace como si estuviese muerto, pese a estar más vivo que aquel que estaba tomando cañas. No hay responsabilidades para el hombre. Si se va, adiós muy buenas. Ya se encargará la madre de los hijos.

Pero claro, ¿acaso alguien está dispuesto a cargar con los hijos de otro de buenas a primeras? Pues no. En España, por ejemplo, si una mujer dice que es madre soltera cualquier pretendiente que revolotee a su alrededor sale corriendo. Por muy buena que esté. A veces, incluso por mucho dinero que pueda tener.

En Tailandia no es necesario. ¿Tienes hijos? Muy bien, no es mi problema, dicen muchos. Y lo que es más importante, fuerzan a su nueva mujer a que viva sin sus hijos. A que elija entre él o entre sus hijos. La mayoría elijen al nuevo hombre. Alguien que pueda mantenerlas y a quien amen.

Pero, ¿y los hijos? Muy sencillo. Los envían con los abuelos. Y de vez en cuando pueden ir a casa de su madre. Pero, claro, siempre que el nuevo amo del castillo esté de acuerdo. El único caso diferente es cuando la madre tailandesa logra enganchar a un extranjero, ya sea europeo, americano o japonés, acostumbrado en su cultura del bienestar a cargar con el muerto si te toca una mujer con hijos.

Pero eso no ocurrió con Pui. Su madre se casó con otro hombre similar a su primer esposo. Pui quiere estar con su madre. Pero no puede. Tiene vacaciones durante un mes y medio y desea ir a su hogar. Pero no puede. Quiere hacer algo más que esperar a que el tiempo pase en su apartamento en Bangkok. Pero no puede. Pui sólo puede esperar. Un día su madre irá a verla. Le llevará comida. Le dará un abrazo. Y le dirá adiós nuevamente. Pui no podrá viajar a Hat Yai. Tampoco su hermano. Pese a los problemas con las apuestas y las drogas del muchacho, la madre de ellos ve favorable la posibilidad de que Jun tenga que enfrentarse solito a las drogas en ese caos que es Bangkok a tener que pedirle a su nuevo marido que su hijo esté cerca de ella.

Siempre pensé que en España nos pasamos con la protección a la madre soltera. Que quizás el hombre ha de pagar demasiado caro el error de dejar embarazada a una mujer. Y que probablemente si el nuevo amante no demuestra a la madre soltera que amará a sus hijos y se encargará de ellos como si fuesen suyos propios, ella cortará por lo sano.

Menos mal que hay mucho temor al sida en este país. Mucho. Si no, la cantidad de madres solteras que llegaría a haber sería incluso obsceno. Al fin y al cabo, si luego te puedes desentender de cualquier hijo como quien tira un papel a la calle, ¿para qué preocuparte por usar condón y dejar embarazada a una tipa cualquiera?

Que no me llames farang, que yo soy español… ¡Joder!

Nice views, honey.

Bangkok. Zona de Khlong Toei. Un sábado cualquiera a las seis de la madrugada. En la ventana los primeros rayos de sol iluminan esa curiosa imagen que dan un puñado chavolas suburbiales junto a los rascacielos de Sukhumvit. El equipo de aire acondicionado escupe frío a borbotones. Lo escupe directamente en la habitación 313 de un edificio de apartamentos cualquiera. Allí, un español cualquiera dialoga entre finas sábanas con una tailandesa cualquiera. Una situación cualquiera de lo que no deja de ser la propia de otro fin de semana cualquiera.

–Tengo frío –comenta ella–, ¿por qué no tienes mantas y edredón?
–No estoy acostumbrado a dormir con mantas si la calle arde a más de 30 grados.
–Ya, pero es que yo necesito que el aire acondicionado esté bien fuerte –precisamente el muchacho tuvo que bajar notablemente la temperatura del termostato tras habérselo rogado ella–. Y así puedo dormir con mantas, arropada y calentita –ella no hace más que revelar lo que no deja de ser una costumbre muy tailandesa: para dormir, nada mejor que un buen edredón y el aire acondicionado a unos helados veinte grados para ese país tropical.
–Tranquila, tengo la solución –él se levanta de la cama y se dirige al armario; coge una camiseta y se la acerca a la hermosa joven–. Con ésto ya no pasarás frío.
–¿Una camiseta de la selección española de fútbol? ¡Qué bien! –corre a enfundarse la Roja, que le queda larga como si fuese un vestido bajo ese cuerpecito de poco más de metro y medio– ¿Estoy guapa con ella? –pregunta coqueta. Y por supuesto que lo está. Se ve hermosa con la Roja como única prenda.

La muchacha nunca oyó hablar de Cristóbal Colón. Tras acabar la secundaria estudió cuatro años más en la Universidad. Pero nunca nadie le contó que hubo una época en que España y Portugal enviaban flotas de navíos para ver qué pasaba al otro lado del mundo. En la educación secundaria aprendió que en Asia el pueblo elegido es Tailandia, pero que tuvo mala suerte. Le hablaron de China y Japón, aunque sus logros fueron minimizados. No fuese a ser que alguien pudiese pensar que porque tuviesen más poder que Tailandia ellos no eran el pueblo elegido.

Y más allá de tan peculiar explicación de las fronteras en Asia, sus lecciones de geografía se centraron en separar lo que es Mueang Thai -así es como definen a su país en su lengua original- de Mueang Farang. La dichosa palabra con la que meten en el mismo saco a todos los extranjeros de origen caucásico. Farang. Da igual si son yankees, latinos, europeos o nórdicos. Todos son lo mismo. Farangs.

Todos los farangs piensan igual. Todos los farangs son unos guarros. Todos los farangs son ricos. Todos los farangs tienen poder. Y sin embargo, todos los farangs son desdichados porque no pudieron nacer en la tierra elegida. Lo único que tienen los farangs es dinero y por eso son tan desdichados. Curiosa afirmación en un país en el que todo se mide por dinero, en el que cuanto más tienes mejor eres. Y en el que hasta por echar una meada te cobran unos cuantos bahts, su moneda local. Pero los malos son los farangs. Los que tienen el dinero.

Aun así, no hay ninguna sorpresa cuando dicha muchacha se mira una y otra vez en el espejo orgullosa de vestir la Roja y de poder demostrar a su nuevo amigo que se conoce los jugadores de la selección al dedillo. Villa, Casillas, Piqué, Xavi, Iniesta, Ramos… “Son muy guapos y además juegan muy bien”, comenta simpática.

Más de una se saltó la clase de geografía.

Y entre charla y charla sobre fútbol llega la pregunta estrella: ¿Y dónde está España? El muchacho la mira sorprendido. Sin poder llegar a creer que conozca todo sobre la Roja y no dónde está el país de la Roja, le comenta que al sur de Europa. Le habla del mapa de Europa. No sabe, no contesta. Si le hubiese dicho que España en el mapa está al lado de Suecia igual ella hubiese dicho que conoció a un sueco cualquiera y que le pareció un tipo muy majo.

En primaria nadie le habló de Europa y de su pasado. Nadie le comentó en secundaria que unos tipos caucásicos con pelo en el pecho fueron los primeros europeos en pisar suelo siamés. En la Universidad  nunca escuchó nada acerca de alguna cultura europea ni de un tipo que se llamaba Cervantes y que escribió la que se considera la mejor obra literaria de la historia. Sólo le recordaron una y otra vez que si quería enganchar a un tipo con el que costearse los caprichos en plena gratuidad mejor que se buscase a uno de esos tipos de pelo en pecho que venían de un lugar frío y sin alma al que muchos llaman Farangland.

–¿Por qué no vives en Sukhumvit? –pregunta ella.
–¿Y por qué debería? –le responde divertido él– La verdad es que el barrio no es bonito, pero el aire acondicionado funciona muy bien y así te puedes poner la Roja.
–Los farangs no suelen vivir en este barrio.
–Es que yo no soy farang.
–Tú eres farang. Eres ‘westerner’. Todos los ‘westerner’ son farang.
–Eso sería como decir que tú eres igual que una coreana o una indonesia. O que una camboyana.
–¿Cómo puedes decir eso? Es diferente.

El muchacho se siente ofendido. ¿Compararle a él con esa horda de sajones de prominentes barrigas y calvas que llevan décadas sin ver un pelo asomar? ¿Con esos tipos que se enamoran de las putas que sacan de los bares de putas y con las que se casan tras pagar a sus familias una buena dote por haber criado una mujer tan buena y que ha acabado en un trabajo así de bueno? No le gusta ni un pelo dicha comparación al joven. Sea por el motivo que sea, el turismo visible que llega a Tailandia deja cuanto menos bastante que desear. Y que te comparen con un putero sexagenario capaz de pensar que esa veinteañera que ha sacado de una barra americana le ama de verdad no es plato de buen gusto.

–Te equivocas –argumenta él–. Yo no soy farang. Soy español, que no es lo mismo. No soy un gordo enorme, no soy rubio y mi piel no se pone rosa al sol. No voy con putas y mucho menos le pago las copas a nadie, y sobre todo no me gusta la jodida Guinnes ni ir a McDonald’s o a los pubs ingleses. Mi país no es frío ni poderoso económicamente. Es simplemente caluroso y lleno de playas y fiesta, con la economía cayéndose a pedazos. Justo como Tailandia. Yo no soy farang. Yo soy latino. Soy un descendiente del glorioso Imperio Romano.

Casi medio año viviendo en Bangkok da para mucho. Se pueden aprender muchas cosas. También puede perderse la conciencia en exceso. Incluso perder la cabeza por una quimera. Que se lo digan a los sexagenarios de barriga prominente pagando a las familias de sus putas por haber criado a una puta tan puta. Pero que todos los europeos, americanos, latinos y australianos -por no querer meter ya en el mismo saco a rusos y otros caucásicos- sean calibrados con la misma vara de medir no resulta plato de buen gusto ni siquiera cuando ya lo has asumido como algo normal.

“Pen mai farang, pen kon Sapen”, repito constantemente en su idioma para decir que no, que yo soy español. Joder. Pero no hay manera. Nunca dejarás de ser un farang para ellos. Da igual que hables tailandés a la perfección. Que conozcas mejor su país que la mayoría de sus gentes. Tú siempre serás farang. Alguien muy rico y poderoso pero igualmente infeliz porque no procede de la tierra prometida.

Habrá que vivir con ello. Bangkok es un lugar maravilloso si te gusta el caos. Tailandia es un país hermoso y sus gentes pueden llegar a ser muy acogedoras. Desgraciadamente, las lecciones de geografía e historia no son lo suyo. Qué se le va a hacer. Habrá que consolarse una vez más con lo mismo. Con la Roja. Cuanto menos, poniendo la Roja como bandera en todo territorio tailandés que uno pueda conquistar. No creo que pueda encontrar alguien mejor bandera que la que lleva impresos los logros de Casillas y compañía. A Cristóbal Colón, guste o no, mejor dejarlo para otro momento.